Textos de  "El libro de los abrazos"  de  Eduardo Galeano

1. CELEBRACIÓN DE LA VOZ HUMANA

 

Los indios Shuar, los llamados jíbaros, cortan la cabeza del vencido.  La cortan y la reducen, hasta que cabe en un puño, para que el vencido no resucite.  Pero el vencido no está del todo vencido hasta que le cierran la boca. Por eso le cosen los labios con una fibra que jamás se pudre.

 

 

2. EL LENGUAJE DEL ARTE

 

El Chinolope vendía diarios y lustraba zapatos en La Habana. Para salir de pobre, se marchó a Nueva York.  Allá alguien le regaló una vieja cámara de fotos. El Chinolope nunca había tenido una cámara en las manos, pero le dijeron que era fácil:  Tú miras por aquí y aprietas por allí.  Y se echó a las calles. Y a poco andar escuchó balazos y se metió en una barbería y alzó la cámara y miró por aquí y apretó allí.  En la barbería habían acribillado al gángster Joe Anastasia, que se estaba afeitando, y esa fue la primera foto de la vida profesional de Chinolope.  Se la pagaron una fortuna. Esa foto era una hazaña. El Chinolope había logrado fotografiar a la muerte. La muerte estaba allí: no en el muerto, ni en el matador. La muerte estaba en la cara del barbero que la vio.

 

 

3. CELEBRACIÓN DE LA FANTASÍA

 

Fue a la entrada del pueblo de Ollantaytambo, cerca del Cuzco. Yo me había desprendido de un grupo de turistas y estaba solo, mirando de lejos las ruinas de piedra, cuando un niño del lugar, enclenque, haraposo, se acercó a pedirme que le regalara una lapicera. No podía darle la lapicera que tenía, pero le ofrecí dibujarle un cerdito en la mano.  Súbitamente se corrió la voz. De buenas a primeras me encontré rodeado de un enjambre de niños que exigían, a grito pelado, que yo les dibujara bichos en sus manitos cuarteadas de mugre y frío, pieles de cuero quemado: había quien quería un cóndor y quien una serpiente, otros querían loritos o lechuzas, y no faltaban los que pedían un fantasma o un dragón.  Y entonces, en medio de aquel alboroto, un niño que no alzaba más de 1 metro del suelo, me mostró un reloj dibujado con tinta negra en su muñeca:

Me lo mandó un tío, que vive en Lima, me dijo.

¿Y anda bien?, le pregunté.

Atrasa un poco, reconoció.

 


 

4. EL ARTE Y LA REALIDAD

 

Fernando Birri iba a filmar el cuento del ángel, de Gabriel García Márquez, y me llevó a ver los escenarios. En la costa cubana, Fernando había fundado un pueblito de cartón y lo había llenado de gallinas, de cangrejos gigantes y de actores. Él iba a hacer el papel principal, el papel del ángel desplumado que cae a tierra y queda encerrado en un gallinero.  Marcial, un pescador de por allí, había sido solemnemente designado Alcalde Mayor de aquel pueblo de película. Después de la formal bienvenida, Marcial nos acompañó.  Fernando quería mostrarme una obra maestra del envejecimiento artificial: una jaula destartalada, leprosa, mordida por el óxido y la mugre antigua. Esa iba a ser la prisión del ángel, después de su fuga del gallinero. Pero en lugar de aquella jaula sabiamente arruinada por los especialistas, encontró una jaula limpia y bien plantada, con sus barrotes perfectamente alineados y recién pintados de color oro. Marcial se hinchó de orgullo al mostrarnos esta preciosidad. Fernando, mitad atónito, mitad furioso, casi se lo come crudo:

¿Qué es esto Marcial? ¿Qué es esto?

Marcial tragó saliva, se puso colorado, agachó la cabeza y se rascó la barriga. Entonces confesó: Yo no podía permitirlo. Yo no podía permitir que metieran en aquella jaula cochina a un hombre tan bueno como usted.

 

 

5. NOCHEBUENA

 

Fernando Silva dirige el hospital de niños en Managua.  En vísperas de Navidad, se quedó trabajando hasta muy tarde. Ya estaban sonando los cohetes, y empezaban los fuegos artificiales a iluminar el cielo, cuando Fernando decidió marcharse. En su casa lo esperaban para festejar.  Hizo una última recorrida por las salas, viendo si todo quedaba en orden y en eso estaba cuando sintió que unos pasos le seguían. Unos pasos de algodón: se volteó y descubrió que uno de los enfermitos le andaba detrás. En la penumbra, le reconoció. Era un niño que estaba solo. Fernando reconoció su cara ya marcada por la muerte y esos ojos que pedían disculpas o quizás pedían permiso.

Decile a… susurró el niño. Decile a alguien, que estoy aquí.

 

 

6. EL MIEDO

 

Una mañana nos regalaron un conejo de Indias. Llegó a casa enjaulado. Al medio día, le abrí la puerta de la jaula. Volví a casa al anochecer y lo encontré tal como lo había dejado: jaula adentro, pegado a los barrotes, temblando del susto de la libertad.

 


 

7. LOS “NADIES”

 

Sueñan las pulgas con comprarse un perro y sueñan los nadies con salir de pobres, que algún día mágico llueva de pronto la buena suerte, que llueva a cántaros la buena suerte; pero la buena suerte no llueve ayer, ni hoy, ni mañana, ni nunca, ni en llovizna cae del cielo la buena suerte, por mucho que los nadies la llamen y aunque les pique la mano izquierda, o se levanten con el pie derecho, o empiecen el año cambiando de escoba.

Los nadies: los hijos de nadie, los dueños de nada.

Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos:

que no son, aunque sean

que no hablan idiomas, sino dialectos

que no profesan religiones, sino supersticiones

que no hacen arte, sino artesanía

que no practican cultura, sino folklore

que no son seres humanos, sino recursos humanos

que no tienen cara, sino brazos

que no tienen nombre, sino número

que no figuran en la historia universal, sino en la crónica roja de la prensa local.

Los nadies, que cuestan menos que el balazo que los mata.

 

 

8. CRÓNICA DE LA CIUDAD DE CARACAS

 

¡Necesito que alguien me oiga!, gritaba. ¡Siempre me dicen que venga mañana!, gritaba.  Arrojó la camisa. Después las medias y los zapatos. José Manuel Pereira estaba parado en la cornisa del piso 18 de un edificio de Caracas. Los policías quisieron atraparlo y no pudieron. Una sicóloga le habló desde la ventana más próxima. Después un sacerdote le llevó la palabra de Dios.

¡No quiero más promesas!, gritaba José Manuel.

Desde los ventanales del restaurante de la Torre sur, se le veía parado en la cornisa, con las manos pegadas a la pared. Era la hora del almuerzo, y este fue el tema de conversación en todas las mesas. Abajo, en la calle, se había juntado una multitud. Pasaron 6 horas. Al final la gente estaba harta.

¡Que se decida!, decía la gente. ¡Que se tire de una vez!

Los bomberos le arrimaron una cuerda. Al principio él no hizo caso. Pero finalmente estiró una mano, y luego la otra, y agarrando la cuerda se deslizó hasta el piso 16. Entonces intentó meterse por la ventana abierta y resbaló y cayó al vacío. Al pegar contra el piso, el cuerpo hizo un ruido de bomba que estalla.

Entonces la gente se fue, y se fueron los vendedores de helados y los vendedores de salchichas y los vendedores de cerveza y de refrescos en lata.

 

 

9. CRÓNICA DE LA CIUDAD DE BOGOTÁ

 

Cuando el telón caía, al final de cada noche, Patricia Ariza, marcada para morir, cerraba los ojos. En silencio agradecía los aplausos del público y también agradecía otro día de vida burlado a la muerte. Patricia estaba en la lista de los condenados, por pensar en rojo y en rojo vivir; y las sentencias se iban cumpliendo, implacablemente una tras otra. Hasta sin casa quedó. Una bomba podía volar el edificio: los vecinos, obedientes a la ley del miedo, le exigieron que se fuera. Ella andaba con chaleco antibalas por las calles de Bogotá. No había más remedio; pero el chaleco era triste y feo. Un día Patricia le cosió unas cuantas lentejuelas, y otro día le cosió unas flores de colores, flores bajando como en lluvia sobre los pechos, y así el chaleco fue por ella alegrado y alindado, y mal que bien, pudo acostumbrarse a llevarlo siempre puesto, y ya ni en el escenario se lo sacaba.

Cuando Patricia viajó fuera de Colombia, para actuar en teatros europeos, ofreció su chaleco antibalas a un campesino llamado Julio Cañón. A Julio Cañón, alcalde de Vistahermosa, ya le habían matado a toda la familia, a modo de advertencia, pero el se negó a usar ese chaleco florido:

Yo no me pongo cosas de mujeres, dijo.

Con una tijera, Patricia le arrancó los brillitos y los colores, y entonces el hombre aceptó.

Esa noche lo acribillaron. Con el chaleco puesto.

 

 

10. LA DESMEMORIA /4

 

Chicago está lleno de fábricas. Hay fábricas hasta en pleno centro de la ciudad, en torno al edificio más alto del mundo. Chicago está llena de fábricas, Chicago está llena de obreros. Al llegar al barrio de Heymarket, pido a mis amigos que me muestren el lugar donde fueron ahorcados, en 1886, aquellos obreros que el mundo entero saluda cada 1º de mayo.

Ha de ser por aquí, me dicen. Pero nadie sabe.

Ninguna estatua se ha erigido en memoria de los mártires de Chicago en la ciudad de Chicago. Ni estatua, ni monolito, ni placa de bronce, ni nada. El 1º de mayo es el único día verdaderamente universal de la humanidad entera, el único día donde coinciden todas las historias y todas las geografías, todas las lenguas y las religiones y las culturas del mundo; pero en los EE.UU., el 1º de mayo es un día cualquiera. Ese día la gente trabaja normalmente, y nadie, o casi nadie, recuerda que los derechos de la clase obrera no han brotado de la oreja de una cabra, ni de la mano de Dios o del amo. Tras la inútil exploración de Heymarket, mis amigos me llevan a conocer la mejor librería de la ciudad. Y allí, por pura casualidad, descubro un viejo cartel que está como esperándome, metido entre muchos otros carteles de cine y música rock. El cartel reproduce un proverbio del África: hasta que los leones tengan sus propios historiadores, las historias de cacería seguirán glorificando al cazador.

 

 

11. PARADOJAS

 

La contradicción es el pulmón de la historia, la paradoja ha de ser, se me ocurre, el espejo que la historia usa para tomarse el pelo.

Ni el propio hijo de Dios se salvó de la paradoja. El eligió, para nacer, un desierto subtropical donde casi nunca nieva, pero la nieve se convirtió en un símbolo universal de la Navidad desde que Europa decidió europear a Jesús. Y para más inri, el nacimiento de Jesús es, hoy por hoy, el negocio que más dinero da a los mercaderes que Jesús había expulsado del templo.

Napoleón, el más francés de los franceses, no era francés. No era ruso José Stalin, el más ruso de los rusos; y el más alemán de los alemanes, Adolfo Hitler, había nacido en Austria. Margherita Sarfatti, la mujer más amada por el antisemita Mussolini, era judía. José Carlos Mariátegui, el más marxista de los marxistas latinoamericanos, creía fervorosamente en Dios. El Che Guevara había sido declarado completamente inepto para la vida militar por el ejército argentino. De manos del escultor Aleijadinho, que era el más feo de los brasileños, nacieron las más altas hermosuras del Brasil. Los negros norteamericanos, los más oprimidos, crearon el jazz, que es la más libre de las músicas. En el encierro de una cárcel fue concebido Don Quijote, el más andante de los caballeros. Y para colmo de paradojas, Don Quijote nunca dijo su frase más célebre. Nunca dijo: Ladran, Sancho, señal que cabalgamos.

Te noto nerviosa, dice el histérico. Te odio, dice la enamorada. No habrá devaluación, dice en vísperas de devaluación el ministro de economía. Los militares respetan la constitución, dice en vísperas de golpe de Estado el Ministro de Defensa.

 

 

12. EL CRIMEN PERFECTO

 

En Londres, es así: los radiadores devuelven calor a cambio de las monedas que reciben. Y en pleno invierno estaban unos exiliados latinoamericanos tiritando de frío, sin una sola moneda para poner a funcionar la calefacción de su apartamento. Tenían los ojos clavados en el radiador, sin parpadear. Parecían devotos ante el tótem, en actitud de adoración; pero eran unos pobres náufragos meditando la manera de acabar con el Imperio Británico. Si ponían monedas de lata o cartón, el radiador funcionaría, pero el recaudador encontraría luego, las pruebas de la infamia. ¿Qué hacer?, se preguntaban los exiliados. El frío los hacía temblar como Malaria. Y en eso uno de ellos lanzó un grito salvaje, que sacudió los cimientos de la civilización occidental. Y así nació la moneda de hielo, inventada por un pobre hombre helado. De inmediato pusieron manos a la obra. Hicieron moldes de cera, que reproducían las monedas británicas a la perfección; después llenaron de agua los moldes y los metieron en el congelador. Las monedas de hielo no dejaban huellas, porque las evaporaba el calor. Y así, aquel apartamento de Londres se convirtió en una playa del mar Caribe.

 

 

13. LAS FLORES

 

El escritor brasileño Nelson Rodrigues estaba condenado a la soledad. Tenía cara de sapo y lengua de serpiente, y a su prestigio de feo y fama de venenoso sumaba la notoriedad de su contagiosa mala suerte: la gente de su alrededor moría por bala, miseria o desdicha fatal.

Un día, Nelson conoció a Eleonora. Ese día, el día del descubrimiento, cuando por primera vez vio a esa mujer, una violenta alegría lo atropelló y lo dejó bobo. Entonces quiso decir alguna de sus frases brillantes, pero se le aflojaron las piernas y se le enredó la lengua y no pudo más que tartamudear ruiditos.

La bombardeó con flores. Le enviaba flores a su apartamento, en lo más alto de un edificio de Río de Janeiro. Cada día le enviaba un gran ramo de flores, flores siempre diferentes, sin repetir jamás los colores ni los aromas, y abajo esperaba: desde abajo veía el balcón de Eleonora, y desde el balcón ella arrojaba las flores a la calle, cada día, y los autos las aplastaban.

Y así fue durante 50 días. Hasta que un día, un medio día, las flores que Nelson envió no cayeron a la calle y no fueron pisoteadas por los autos.

Ese medio día, él subió hasta el último piso, tocó el timbre y la puerta se abrió.

 

 

14. LA CULTURA DEL TERROR /1

 

La Sociedad Antropológica de París los clasificaba como a insectos: el color de la piel de los indios huitotos correspondía a los números 29 y 30 de su escala cromática.

La Peruvian Amazon Company los cazaba como a fieras: los indios huitotos eran la mano de obra esclava que daba caucho al mercado mundial. Cuando los indios huían de las plantaciones y la empresa los atrapaba, los envolvía en una bandera del Perú empapada en querosén y los quemaba vivos.

Michael Taussig ha estudiado la cultura del terror que la civilización capitalista aplicaba en la selva amazónica a principios del siglo 20. La tortura no era un método para arrancar información, sino una ceremonia de confirmación del poder. En un largo y solemne ritual, a los indios rebeldes les cortaban la lengua y después los torturaban para obligarlos a hablar.

 

 

15 EL HAMBRE /1

 

A la salida de San Salvador, y yendo hacia Guazapa, Berta Navarro encontró una campesina desalojada por la guerra, una de las miles y miles de campesinas desalojadas por la guerra. En nada se distinguía ella de las muchas otras, ni de los muchos otros, mujeres y hombres caídos desde el hambre hasta el hambre y media. Pero esa campesina esmirriada y fea, estaba de pie en medio de la desolación, sin nada de carne entre los huesos y la piel, y en la mano tenía un pajarito esmirriado y feo. El pajarito estaba muerto y ella le arrancaba muy lentamente las plumas.

 

 

16. LA NOCHE /1

 

No consigo dormir. Tengo una mujer atravesada entre los párpados. Si pudiera, le diría que se vaya; pero tengo una mujer atravesada en la garganta.

 

 

17. LA CULTURA DEL TERROR /4

 

Fue en un colegio de curas, en Sevilla. Un niño de 9 años, o 10, estaba confesando sus pecados por vez primera. El niño confesó que había robado caramelos, o que había mentido a la mamá, o que había copiado a su vecino de pupitre, o quizás confesó que se había masturbado pensando en su prima. Entonces, desde la oscuridad del confesionario emergió la mano del cura, que blandía una cruz de bronce. El cura obligó al niño a besar a Jesús crucificado, y mientras le golpeaba la boca con la cruz le decía: ¡Tú lo mataste, tú lo mataste!…

Julio Vélez era aquel niño andaluz arrodillado. Han pasado muchos años. El nunca pudo arrancarse eso de la memoria

 

 

18. TEOLOGÍA /1

 

El catecismo me enseñó en la infancia, a hacer el bien por conveniencia y a no hacer el mal, por miedo. Dios me ofrecía castigos y recompensas, me amenazaba con el infierno y me prometía el cielo; y yo temía y creía.

Han pasado los años. Yo ya no temo ni creo. No voy a misa los domingos, ni en fiestas de guardar. He codiciado a casi todas las mujeres de mis prójimos, salvo a las feas, y por tanto he violado, al menos en intención, la propiedad privada que Dios en persona sacrificó en las tablas de Moisés: No codiciarás a la mujer del prójimo, ni a su toro, ni a su asno… Y por si fuera poco, con premeditación y alevosía he cometido el acto del amor sin el noble propósito de reproducir la mano de obra. Yo sé bien que el pecado carnal está mal visto en el alto cielo, pero sospecho que Dios condena lo que ignora.

 

 

19. TEOLOGÍA /2

 

El dios de los cristianos, Dios de mi infancia, no hace el amor. Quizás es el único dios que nunca ha hecho el amor, entre todos los dioses de todas las religiones de la historia humana. Cada vez que lo pienso, siento pena por él. Y entonces le perdono que haya sido mi súper papá castigador, jefe de policía del universo, y pienso que al fin y al cabo, dios también supo ser mi amigo en aquellos viejos tiempos, cuando yo creía en él, y creía que él creía en mí. Entonces paro la oreja, a la hora de los rumores mágicos, entre la caída del Sol y la caída de la noche, y me parece escuchar sus melancólicas confidencias.

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Esta Página ha sido elaborada por Jorge Barros M.